La guerra afgana, desatada en el primer año del siglo XXI, fue un terror de Estado sin precedente, que Estados Unidos desencadenó abusando del Consejo de Seguridad de la ONU.

    Inmediatamente después del incidente del 11 de septiembre de 2001, EE.UU. preparó una nueva guerra en ámbito mundial llamada “guerra antiterrorista” infundiendo en la sociedad internacional el “temor por el terrorismo”.

    Al mismo tiempo, para justificarla en la arena internacional se desesperó para aprobar la resolución antiterrorista en el Consejo de Seguridad de la ONU.

    En la Asamblea General de la ONU, el presidente estadounidense de aquel entonces Bush dijo que todos los países tienen el deber de incorporarse a la “guerra antiterrorista”, en virtud de la resolución del Consejo de Seguridad, y que serán culpables los países que apoyan a los terroristas o les ofrecen refugios.

    Esto fue una declaración de guerra de atacar en cualquier momento a cualquier país.

    En fin de cuentas, Afganistán fue la primera víctima de la “guerra antiterrorista”.

    Hoy día, todo el mundo conoce que la “guerra antiterrorista”, desatada frenéticamente por la administración norteamericana Bush, fue la guerra de agresión según la nueva estrategia hegemónica de los neoconservadores, que soñaban con el “establecimiento del mundo unipolarizado” bajo el mando de EE.UU., debido a lo cual se vieron amenazadas la paz y la seguridad del mundo.

    Es una tragedia el que el Consejo de Seguridad de la ONU, responsable de la paz y seguridad internacionales, actuó conforme al guión de los imperialistas norteamericanos.

    Lo mismo caso se repitió en Iraq.

    Después de la guerra pérsica, EE.UU. y otros países occidentales recurrieron tenazmente a la campaña intrigante para derrocar el gobierno iraquí. Al fijarlo como blanco de ataque después de Afganistán, difundió el rumor de “amenaza de armas de exterminio masivo” de dicho país y sometieron ese asunto a la consideración del Consejo de Seguridad de la ONU.

    Como resultado de la presión de EE.UU. y otros países occidentales y del regateo político entre las potencias, fue aprobada en noviembre de 2002 la resolución no. 1441 del Consejo de Seguridad de la ONU sobre la inspección de armas de Iraq.

    El documento dio a Iraq la última oportunidad de cumplir el deber de desarme, que demandan las resoluciones concernientes de dicho Consejo y declaró que en el caso contrario, ese país pérsico se encontrará en el dilema sin salida.

    Esto fue para EE.UU. el “permiso de guerra” contra Iraq, estimó la opinión pública mundial.

    El imperio obligó a Iraq el desarme total y confirmó que ese país no tenía las armas de exterminio masivo.

    En febrero de 2003, presentó en el Consejo de Seguridad de la ONU los datos falsificados sobre la posesión de las armas de exterminio masivo en Iraq y la vinculación del gobierno iraquí con las organizaciones terroristas. De esta manera, justificó la invasión armada contra Iraq.

    Al cabo de tales complots, comenzó el ataque armado contra Iraq en marzo de ese año.

    El mundo expresó gran indignación por el ataque contra el Estado soberano cometido por EE.UU. abusando del Consejo de Seguridad de la ONU.

    El periódico nepalés de aquel entonces Katmandú Post lamentó que si no hubiera la ONU, no habría estallado la guerra pérsica ni en el pasado ni en el presente.

KCNA